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TRATAMIENTO CON EMPLASTOS DE LAS ALTRAGIAS"
Si la
tierra puede crear cuanto comemos y a la vez lo
que bebemos, no es difícil comprender la
importancia que la tierra contiene, no sólo para
nuestra vida normal, sino también, para nuestra
anormalidad patológica.
Si
consideramos el Sol como Padre de la Vida, podemos
admitir que la Tierra es la Madre. En efecto, en
colaboración con el aire y el agua, todo nos viene
de ella.
Aunque
la geoterapia no es una terapéutica etiológica,
que cure y borre causas de males, es un medio de
aliviar y a la vez de corregir efectos.
Hasta
la Edad Media, fue un remedio preciado pero, poco
a poco la arcilla quedó olvidada. A finales del
siglo pasado resurgió gracias a unos cuantos
naturópatas alemanes: el pastor Felke, Luis Kuhne,
el abate Kneipp, Adolfo Just y Juan Baur (Padre
Tadeo de Visent), el médico inglés Shearer, el
médico berlinés Julius Stumpf... La Primera Guerra
Mundial volvió a situarla en primera línea y
actualmente se emplea abundantemente en
laboratorios farmacéuticos, y en la elaboración de
productos de uso tópico.
Recientemente se ha demostrado que la geoterapia
influye en diversos factores metabólicos que son
importantes en el patomecanismo y el mantenimiento
de la osteoartrosis. Los radicales libres y la
subsecuente peroxidación lipídica están implicados
en la patogénesis de enfermedades crónicas y
degenerativas que son frecuentemente tratadas con
balneoterapia. La geoterapia es capaz de mejorar
las defensas antioxidantes séricas reduciendo el
peligro del radical oxígeno en el cartílago,
protegiéndolo y provocando un alivio del dolor al
reducir las reacciones inflamatorias.

Los
resultados actuales indican que la geoterapia
actúa como estímulo extracelular ante los
condrocitos, éstos se encuentran en el cartílago
produciendo y manteniendo la matriz cartilaginosa,
la cual consiste principalmente de colágeno,
proteoglicanos y glucoproteinas, reaccionando con
una respuesta anabólica.
Este es
un mecanismo estandarizado para la terapia térmica
que actúa aumentando las reacciones fisiológicas,
mientras que las terapias farmacológicas
generalmente actúan sustituyendo los mecanismos
deficientes o dañados. En cualquier caso, es
posible la integración sinérgica entre ambas
terapias.
Siempre
existió la predisposición del hombre por los
fenómenos de la naturaleza. A veces, estos
fenómenos eran solamente observados, en otras
ocasiones eran adoptados en beneficio propio. La
tierra, el agua, el fuego...se convirtieron en
metas comunes de los pueblos de la antigüedad.
Pero a medida que los seres humanos descubrían
elementos, aprendían que algunos producían
bienestar, y otros les producían perjuicios.
De esas
tentativas, ensayos y demostraciones, se originan
las bases de la medicina empírica (a través de la
experiencia). Con éxitos y fracasos, se
desarrollaron técnicas que acompañaron la
evolución integral de la civilización.
La
aplicación de las cataplasmas o emplastos provocan
diferentes reacciones que hacen de esta terapia el
tratamiento por excelencia de las altragias,
como se ha venido haciendo desde la antigüedad,
convirtiéndose en la actualidad en el complemento
por excelencia, de los tratamientos naturopáticos.
Entre
otras propiedades de estos emplastos sabemos que
producen una acción desinflamatoria y
calmante con alto poder de absorción, depuran la
piel y favorecen la pérdida de ácido úrico,
favorecen la reproducción celular, poseen sales
minerales y los oligoelementos que el organismo
necesita, estimulan la circulación y producen una
hiperactividad orgánica.
Para
conseguir esos resultados nos encontramos con los
tres poderes fundamentales de las arcillas y
fangos: poder de absorción, de adsorción y
efecto antiséptico y desodorante, por su poder
bactericida.
Una
cataplasma de arcilla se compone siempre de una
espesa capa de pasta de arcilla preparada con
agua o con una decocción de plantas apropiadas
para tratar la afección, en este caso las virtudes
de la arcilla son reforzadas con las plantas
medicinales, extendida sobre un trapo o sobre un
pañuelo doblado en cuatro y aplicado directamente
en la misma piel. La cataplasma debe aliviar, ya
sea refrescando o bien calentando y por tanto hay
que actuar según el efecto perseguido.
La
duración de la cataplasma variará según el mal y
el paciente, no hay una regla fija. De todos
modos, cuando la arcilla esté seca hay que
retirarla. Hay que tener en cuenta, la sensación
de alivio o malestar, si hay malestar se abrevia
la sesión pues la arcilla ya habrá surtido sus
efectos.
Mari Carmen Córdova

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